jueves, 10 de septiembre de 2015

El muchacho

Supongo que todos vosotros, y sobre todo los habituales, os habréis fijado en el muchacho de la mesa del fondo. No habla nunca, no se mueve de la silla. Todas las mañanas ocupa esa mesa, siempre la misma, y hace un gesto con la cabeza para que le llene un vaso que siempre está ahí. El resto del día lo pasa observando brevemente a todo el que entra y devolviendo su atención al vaso, como si de algún modo quisiera desentrañar algún secreto que este tuviera. Pero cuando el último cliente sale por la puerta y llega el momento de cerrar, en ese preciso instante apura el vaso de un solo trago, y se pierde en la oscuridad de la noche. Hay quien dice que lo ha visto en plena madrugada dirigirse al lago del ayer. No me miréis así, sé perfectamente las historias que se cuentan sobre ese lago. Demonios, yo mismo he contado casi todas esas historias. Aunque quizás me haya guardado una o dos. Y quizás las comparta con vosotros algún día. Quién sabe, puede que descubráis que vuestros temores son infundados. O puede que no. De todos modos esas son historias para otro día.

Volviendo al muchacho, se dicen otras muchas cosas, como que lo han visto todas las noches mirando al cielo, o entrando y saliendo de los bosques como si tal cosa, o incluso he tenido a algún mercader itinerante que me ha jurado y perjurado que ese muchacho le había ayudado a arreglar su carro cuando este había sufrido algún daño. No sé qué hay de cierto en esas historias, pero sí se lo que hay en la del muchacho, al menos en parte. De hecho, me la contó él mismo, la única vez que le he visto hablar, y la única ocasión en la que lo he visto beberse dos vasos. No recuerdo los detalles concretos, pues el tiempo y la cantidad de historias que pasan por aquí han hecho mella en mi memoria, pero algo queda.

Parece ser que ese muchacho nunca tuvo claro el rumbo de su vida. Fue vagando de norte a sur y de este a oeste, haciendo de todo un poco aquí y allá, pero sin sentirse jamás realizado o a gusto. Buscó sin cesar un sitio al que llamar hogar, o un lugar en el que echar raíces y ser feliz, pero no lo encontró. Años y años de vagar lo convirtieron en alguien reservado, taciturno e introvertido. Para él la vida y el mundo no eran más que dos tonalidades de gris por las que esperaba pasar rápidamente, y cuyo fin deseaba con la misma rapidez. Hasta que un día algo ocurrió, no recuerdo qué, pero aquello lo cambió por completo. Se convirtió en alguien lleno de vida, alegre, y capaz como el que más. Fue mercenario durante un tiempo en las tierras que hay al sur, en las espesuras nubladas, pero un mercenario del tipo que ayuda a aldeas enteras y del que susurran su nombre con veneración. También viajó al norte y fue el responsable de la creación de la Muralla Carmesí, así como el responsable de la supervisión de su construcción. En las costas del Este inventó alguna clase de artilugio que permitía a los barcos de las aldeas costeras resistir las habituales y fuertes tormentas, lo que aseguró la pesca de la zona y salvó a muchas familias y a muchas tripulaciones de un funesto final. En el oeste.... Bueno, lo que ocurrió en el oeste es algo que no puedo contaros. Quizás os lo cuente él algún día si tenéis suerte. Yo hice una promesa, y esa historia no saldrá de mi boca.

Sea como sea, la cuestión es que el muchacho se convirtió en alguien famoso. No había nada que no pudiera hacer ni nada en lo que no destacase. Pero un día su estrella cayó, igual de rápido que se elevó. De algún modo el camino que por fin había encontrado, aquello a lo que se había consagrado en cuerpo y alma, terminó abruptamente. Tuvo que tomar una decisión. Pero dudó. Tuvo miedo. Y un solo instante de vacilación hizo que lo perdiera todo, incluso que se perdiera él mismo. Y ahora se pasa el día mirando a todos aquellos que pasan por esta taberna, imaginando sus historias y lo que haría él en su lugar. Y al final del día, como queriendo enterrar muy hondo esas posibles vidas que podría tener junto con su pasado, bebe de un trago un único vaso, terminando con un día más. Y empezando así con otro igual.

Y esa es su historia. Quizás esperabais más, pero eso es todo lo que tengo. O más bien todo lo que puedo contaros. Quizás su historia os sirva de algo, o quizás de nada. Puede incluso que solo haya servido como entretenimiento, pero haríais bien en no olvidarla. Todos tenéis una historia, y de vosotros depende el escribirla y el terminarla. Jamás lo olvidéis. Y ahora si me disculpáis tengo que subir unos barriles del sótano.

Y tú muchacho, ojalá algún día vuelvas a encontrar tu camino.

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