Veo muchas caras jóvenes entre la clientela hoy. Y alguna ya no tan joven. Muy bien pues, hoy os contaré una pequeña historia sobre el amor que quizás os sirva a algunos de vosotros, y que quizás despierte recuerdos y sensaciones lejanas a otros.
Para empezar he de decir que no he sido un marinero que haya dejado una mujer en cada puerto que visitó, ni mucho menos. Para mí las mujeres siempre fueron todo un mundo, tan complejo y distinto de una a otra como precioso y único. Pero dicho eso, muy pocas fueron las que llamaron mi atención, y muchas menos las que me detuvieron en seco y trastocaron todo mi ser. De hecho solo hubo una así, y ni siquiera había puerto o faro con el que adornar de romanticismo el asunto.
Ocurrió a caballo entre el tiempo, la distancia y una pequeña ciudad con mucho encanto. Allí residía aquella mujer, lidiando con sus quehaceres diarios como cualquier otra persona, con nada que la diferenciase del resto. Me saltaré la parte en la que nos conocimos, aunque puesto que veo algunas caras expectantes os la describiré brevemente. Su cabello te hacía desear que la brisa matinal soplara y no se detuviese, para observar su pelo meciéndose al viento mientras ella hacía aquel gesto para recolocarlo. Su piel era todas las razones por las que uno puede desear la venida del invierno: una blancura hermosa y la suavidad de la nieve, mezclado con el deseo de querer abrazarse a ella y a su calidez, como el niño que se abraza a su muñeco de nieve después de haber pasado tanto tiempo moldeándolo. Sus labios eran como una extensión de la belleza de su piel, brillantes, suaves y delicados, y llamaban tu atención de un modo tal que hacían que estuvieras avergonzado de ti mismo y de lo que en ese instante hubieras deseado hacer, que no era otra cosa que haberlos besado, y haberte quedado en ese beso y en esos labios hasta que el mundo dejara de ser mundo y tus huesos polvo. Tenía una sonrisa preciosa que no solo te hacía enloquecer, sino que llenaba de color el mundo y desterraba al olvido todos tus problemas y preocupaciones. Escucharla reír era escuchar el más bello sonido que nada ni nadie en este mundo pudiera emitir, y debo admitir que más de una vez me emocionó. Y era dulce, mucho, tanto como genio tenía, un curioso contraste que no hacía sino resaltar su cuasi perfección.
En definitiva, era como si las estaciones se hubieran conjuntado en un ser de carne y hueso casi perfecto, precioso. Así era ella.
Veo algunas caras confusas y una pregunta escrita en ellas: ¿Por qué casi perfecta? Pues porque aquella maravillosa mujer ya tenía a alguien en su vida. Una pequeña imperfección que lo cambiaba todo.
Pero como os decía, omitiré la parte en la que nos conocimos, pues nos conocimos y entablamos una gran amistad. Por desgracia uno no puede pasar mucho tiempo junto a una mujer así sin acabar enamorándose. Y no es que aquella mujer me dijera algo y estuviera fascinado, no, aquello iba mucho más allá. Era como si me hubieran gritado al oído hasta dejarme sordo, y estar con ella me devolviera mi audición perdida. En resumen, su sola presencia hacía que todos tus sentidos pareciesen haber estado aletargados hasta entonces, y ella los despertase.
Y pasamos muy buenos ratos juntos. Momentos que parecieron durar segundos, e instantes que parecieron durar años. Incluso tengo que admitir que me sentía orgulloso de cada ocasión en la que la hacía reír. Aunque muy dentro de mí sabía que había otra persona que se llevaba sus mejores risas, otra persona que la hacía reír mejor. Y así, por culpa de un simple corazón enamorado, los mejores momentos se teñían levemente de una profunda tristeza.
Supongo que ahora esperáis que os cuente cómo mediante esfuerzo y sacrificio superé todo aquello. O quizás cómo mediante bravura, romanticismo, y una leve dosis de genialidad, robé a aquella increíble mujer y la hice mía. Siento decepcionaros. No hice nada de todo eso. Ella era feliz. Y dejé que siguiera siéndolo. A pesar de que supiera que aquellos labios eran de otro, que sus besos daban vida a otro corazón, que sus abrazos dotaban de calidez a otro cuerpo, y que sus mejores momentos no me pertenecían.
A día de hoy aún la amo. Y esa es toda la historia. No tengo moraleja con la que obsequiaros ni consejo que daros. Escoged vuestra propia interpretación, y que cada uno decida lo que habría hecho o no de haber estado en mi lugar. Yo tengo una barra que limpiar...
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